«22 de marzo.

»No puedes figurarte la miseria espantosa que reina en Madrid. Me han dicho que hoy está la fanega de trigo a 540 reales. Los ricos pueden vivir, aunque mal; pero los pobres se mueren por esas calles a centenares, sin que sea posible aliviar su hambre. Todos los arbitrios de la caridad son inútiles, y el dinero busca alimentos sin encontrarlos. Las gentes desvalidas se disputan con ferocidad un troncho de col, y las sobras de aquellos pocos que tienen todavía en su casa mesa con manteles. Es imposible salir a la calle, porque los espectáculos que se ofrecen a cada momento a la vista causan horror y desconfianza de la Providencia infinita. Vense a cada paso los mendigos hambrientos, arrojados en el arroyo, y en tal estado de demacración que parecen cadáveres en que quedó olvidado un resto de inútil y miserable vida. El lodo y la inmundicia de las calles y plazuelas les sirven de lecho, y no tienen voz sino para pedir un pan que nadie puede darles.

»Si la policía se lo permitiera, maldecirían a los franceses, que tienen en sus almacenes copioso repuesto de galleta, mientras la nación se muere de hambre. Dicen que de agosto acá se han enterrado veinte mil cuerpos, y lo creo. Aquí se respira muerte; el silencio de los sepulcros reina en Platerías, San Felipe y la Puerta del Sol. Como han derribado tantos edificios, entre ellos Santiago, San Juan, San Miguel, San Martín, los Mostenses, Santa Ana, Santa Catalina, Santa Clara y bastantes casas de las inmediatas a Palacio, las muchas ruinas dan a Madrid el aspecto de una ciudad bombardeada. ¡Qué desolación, qué tristeza!

»Los franceses se pasean alegres, satisfechos y rollizos por este cementerio, y su policía mortifica de un modo cruel a los vecinos pacíficos. No se permiten grupos en las calles, ni pararse a hablar, ni mirar las tiendas. A los tenderos se les aplica una multa de 200 ducados si permiten que los curiosos se detengan en las puertas o vidrieras, de modo que a cada rato los pobres horteras tienen que salir a apalear a sus parroquianos con la vara de medir.

»Ayer dispuso el Rey que hubiese corrida de toros para divertir al pueblo: ¡qué sarcasmo! Me han dicho que la plaza estaba desierta. Figúrome ver en el redondel a media docena de esqueletos vestidos con el traje bordado de plata y oro, y con más ganas de comerse al toro que de trastearlo. Asistió José, que de este modo piensa ganar la voluntad del pueblo de Madrid.

»Dícese que se trata de reunir Cortes en Madrid, no sé si también para divertir al pueblo. Azanza, ministro de Su Majestad Bonaparciana, me dijo que así levantarían un altar frente a otro altar. Creo que el retablo de aquí no tendrá tantos devotos como el que dejamos en Cádiz.

»Ahora dicen que Napoleón va a emprender una guerra contra el Emperador de todas las Rusias. Esto será favorable a España, porque sacarán tropas de la Península, o al menos no podrán reparar las bajas que continuamente sufren. Veo la causa francesa bastante mal parada, y he observado que los más discretos de entre ellos no se hacen ya ilusiones respecto al resultado final de esta guerra.

»De nuestro asunto, ¿qué puedo decir que no sea triste y desconsolador? Nada, hijo mío, absolutamente nada. Mis indagaciones no dan resultado alguno; no he podido adquirir ni la más pequeña luz, ni el más ligero indicio. Sin embargo, confío en Dios y espero. Dirijo esta carta a Santa María de Nieva, que es lo más seguro.»

«1.º de abril.

»Poco o nada tengo que añadir a mi carta de 22 de marzo. Continúo en la oscuridad, pero con fe. ¡Cuánta se necesita para permanecer en Madrid! Esto es un Purgatorio, por la miseria, la soledad, la tristeza, y un infierno por la corrupción, las violencias e inmoralidades de todo género que han introducido aquí los franceses. Yo no creo, como la mayoría de las gentes, que nuestras costumbres fueran perfectas antes de la invasión; pero entre aquel recatado y compungido modo de vivir, y esta desvergonzada licencia de hoy, es preferible a todas luces lo primero. La policía francesa es un instituto de cuya perversidad no se puede tener idea sino viviendo aquí y viendo la execrable acción de esta máquina puesta en las más viles manos.