La torre de la Merced tenía suficiente elevación para observar todo desde ella. Casi a sus pies estaba el Colegio del Rey; seguía San Cayetano; después, en dirección al ocaso, el Colegio mayor de Cuenca, y, por último, los Benitos; en la elevación de enfrente vi una masa de edificios arruinados, cuyos nombres no conocía, pero cuyas murallas se podían determinar perfectamente, con las piezas de artillería que las guarnecían. Volviéndome al lado opuesto, vi lo que llamaban Teso de San Nicolás, los Mostenses, el Monte Olivete, y entre estas posiciones y aquellas, el foso y los caminos cubiertos que bajaban al puente.
Desde la puerta de San Vicente, donde estaba el revellín con los cuatro cañones giratorios de que habló Molichard, partía un foso que se enlazaba con los Milagros. En la parte anterior y superior del foso había una línea de aspilleras sostenida por fuerte estacada. Todo el edificio de San Vicente estaba aspillerado, y sus fuegos podían dirigirse al interior de la ciudad y al campo. San Cayetano era imponente. Demolido casi por completo, habían formado espacioso terraplén con baterías de todos calibres, y sus fuegos podían barrer la plazuela del Rey, el puente y la explanada del Hospicio.
Aunque el recelo de que mi carcelero volviese pronto me obligó a trazar con mucha precipitación el dibujo que deseaba, este no salió mal, y en él representé imperfectamente, pero con mucha claridad, lo mucho y bueno que veía. Hícelo ocultándome tras el antepecho de la torre, y aunque la proyección geométrica dejaba algo que desear como obra de ciencia, no olvidé detalle alguno, indicando el número de cañones con precisión escrupulosa. Terminado mi trabajo, guardelo muy cuidadosamente, y bajé hasta la entrada de la torre. Echándome sobre el primer escalón, aguardé al Sr. Jean-Jean con intento de fingir que dormía cuando él llegase.
Tardó bastante tiempo, poniéndome en cuidado y zozobra; mas al fin apareció, y le recibí haciendo como que me despertaba de largo y sabroso sueño. La expresión de su rostro pareciome de feliz augurio. Dios había empezado a protegerme, y hubiera sido crueldad divina torcer mi camino en aquella hora cuando tan fácil y transitable se presentaba delante de mí, llevándome derechamente a la buena fortuna.
—Podéis seguirme —dijo Jean-Jean—. He visto a vuestra adorada.
—¿Y qué? —pregunté con la mayor ansiedad.
—Me parece que os ama, señor Marqués —dijo en tono de lisonja y sonriendo con el servilismo propio de quien todo lo hace por dinero—. Cuando le di vuestro billete, se quedó más blanca que el papel en que lo escribisteis... El Sr. Santorcaz, que está muy enfermo, dormía. Yo llamé a Ramoncilla, le prometí un doblón si hacía venir a la niña delante de mí para darle el billete; pero ¡cosa imposible! La niña está encerrada, y el amo, cuando duerme, guarda la llave debajo de la almohada... Insistí, prometiendo dos doblones... Entró la muchacha, hizo señas, apareció por un ventanillo una hermosísima figura que alargó la mano... Subime a un tonel... no era bastante, y puse sobre el tonel una silla... ¡Oh, señor Marqués! Después de leer el papel, me dijo que fueseis al momento, y luego, como le indicase que necesitábais ver dos letras suyas para creerme, trazó con un pedazo de carbón esto que aquí veis... Si he ganado bien mis seis doblones —añadió lisonjeándome con una de esas cortesías que solo saben hacer los franceses—, vuecencia lo dirá.
El pícaro había cambiado por completo en gesto y modales para conmigo. Tomé el papel y decía «Ven al instante», trazado en caracteres que reconocí al momento. Los garabatos con que los ángeles deben de escribir en el libro de ingresos del cielo el nombre de los elegidos, no me hubieran alegrado más.
Sin hacerme repetir la súplica indirecta, pagué a Jean-Jean.
Salimos a toda prisa de la torre, atalaya de mi espionaje, y luego del claustro y convento arruinado; enderezando nuestros pasos por calles y callejuelas, pasamos por delante de la Catedral, y luego nos internamos de nuevo por varias angostas vías, hasta que al fin parose Jean-Jean y dijo: