y asar castañas,
apuesto a todo el orbe
con la más guapa.
Dale que dale,
suenen las castañetas
rabie quien rabie.
Llegó por fin el día señalado, y desde por la mañana muy temprano me puse en ejercicio, corriendo de aquí para allí en busca de mil cosas que mi antigua ama necesitaba. Los afeites de la calle del Desengaño, los trajes pintados en la de la Reina, las telas y cintas, cotonías, muselinetas, pañuelos salpicados de doña Ambrosia de los Linos, todo se puso en movimiento para dar cumplida satisfacción a los caprichos de Pepita. Debo advertir que aunque esta no trabajaba más que como directora de escena en la tragedia Otello, cantaba en el intermedio una graciosa tonadilla; y por fin de fiesta el sainete titulado La venganza del Zurdillo, del buen Cruz, corría también por cuenta de aquella. Mientras desempeñaba yo por Madrid tantas y tan diferentes comisiones, iba recitando de memoria los versos de la parte de Pésaro, y cuando se me trascordaba algún pasaje, sacaba el papel del bolsillo, y metido en un portal, leía en voz alta, llamando la atención de los transeúntes.
Durante mi largo paseo por la villa, noté grande agitación. La gente se detenía formando grupos, donde se hablaba con calor; y en alguno de estos no faltaba quien leyese un papel, que al punto conocí era la Gaceta de Madrid. En la tienda de doña Ambrosia encontré ¡oh rara e inexplicable casualidad! a D. Lino Paniagua y a D. Anatolio, el papelista de enfrente, cuyos personajes no ocultaban su inquietud por los acontecimientos del día.
—Ya me esperaba yo tan inaudita perfidia —dijo este último—. ¡Cómo se ve en este decreto la mano alevosa del choricero!
—Pero léanos usted de una vez el decreto —dijo doña Ambrosia—, aunque sin oírle ya sé que el Sr. Godoy nos habrá hecho una nueva trastada.