Hay en el dicho acto, tres escenas de una belleza incomparable. Una es aquella en que doña Paquita descubre ante el buen D. Diego las luchas entre su corazón y el deber impuesto por una indiscreta hipócrita conformidad con superiores voluntades: otra es aquella en que intervienen D. Carlos y don Diego, y se desata, merced a nobles explicaciones, el nudo de la fábula; y la tercera es la que sostienen del modo más gracioso don Diego y doña Irene, aquel deseando dar por terminado el asunto del matrimonio, y esta interrumpiéndola a cada paso con sus importunas observaciones.
No pude disimular el gusto que me causó esta escena, que me parecía el colmo de la naturalidad, de la gracia y del interés cómico; pero el poeta me llamó al orden injuriándome por mi deserción del campo chorizo.
—Perdone usted —le dije—, me he equivocado. Pero ¿no cree usted que esa escena no está del todo mal?
—¡Cómo se conoce que eres novato, y en la vida has compuesto un verso! ¿Qué tiene esa escena de extraordinario, ni de patético, ni de historiográfico...?
—Es que la naturalidad... Parece que ha visto uno en el mundo lo que el poeta pone en escena.
—Cascaciruelas: pues por eso mismo es tan malo. ¿Has visto que en Federico II, en Catalina de Rusia, en La esclava de Negroponto y otras obras admirables, pase jamás nada que remotamente se parezca a las cosas de la vida? ¿Allí no es todo extraño, singular, excepcional, maravilloso y sorprendente? Pues por eso es tan bueno. Los poetas de hoy no aciertan a imitar a los de mi tiempo, y así está el arte por los mismos suelos.
—Pues yo, con perdón de usted —dije—, creo que... la obra es malísima, convengo; y cuando usted lo dice, bien sabido se tendrá por qué. Pero me parece laudable la intención del autor que se ha propuesto aquí, según creo, censurar los vicios de la educación que dan a las niñas del día, encerrándolas en los conventos, y enseñándolas a disimular y a mentir... Ya lo ha dicho D. Diego: las juzgan honestas, cuando les han enseñado el arte de callar, sofocando sus inclinaciones, y las madres se quedan muy contentas cuando las pobrecillas se prestan a pronunciar un sí perjuro, que después las hace desgraciadas.
—¿Y quién le mete al autor en esas filosofías? —dijo el pedante—. ¿Qué tiene que ver la moral con el teatro? En El mágico de Astracán, en A España dieron blasón las Asturias y León y Triunfos de D. Pelayo, comedias que admira el mundo, ¿has visto acaso algún pasaje en que se hable del modo de educar a las niñas?
—Yo he oído o leído en alguna parte que el teatro sirve de entretenimiento y de enseñanza.
—¡Patarata! Además el Sr. Moratín se va a encontrar con la horma de su zapato, por meterse a criticar la educación que dan las señoras monjas. Ya tendrá que habérselas con los reverendos obispos y la santa Inquisición, ante cuyo tribunal se ha pensado delatar El sí, y se le delatará, sí señor.