—Pues yo —dijo doña Ambrosia— quisiera estar oyendo por el agujero de una llave lo que dice Napoleón de todas estas cosas.
—Eso —indicó con malicioso gesto don Anatolio— no necesitamos oírlo, pues bien claro es que ya tiene decidido quitar del trono a los reyes padres, para ponernos en él a nuestro Príncipe querido. Sí... que no sabrá hacerlo en menos que canta un gallo el buen señor.
—¡Qué escándalo! —exclamó con timidez D. Lino Paniagua—. Y eso se dice en voz alta, donde pudieran oírlo personas allegadas al gobierno.
—¡Bah, bah! —respondió el papelista—. Amigo D. Lino, esto se va por la posta. Dentro de un mes no queda aquí ni rastro de choricero, ni reyes padres, ni escándalos, ni picardías, ni otras cosas que callo por respeto a la nación.
—Ojalá tenga usted boca de ángel, señor D. Anatolio —añadió la tendera—, y quiera Dios tocarle pronto en el corazón al señor de Bonaparte, para que venga a arreglar las cosas de España.
El abate D. Lino no quiso oír más y se marchó; despacháronme a mí, y allí quedaron ambos comerciantes arreglando los asuntos de España.
No quise entrar en casa sin hablar un poco con Pacorro Chinitas, que estaba en su sitio de costumbre, afilando cuchillos y tijeras.
—¡Hola, Chinitas! —le dije—. ¡Cuánto tiempo que no nos vemos! Anda la gente muy alarmada por ahí.
—Sí: la Gaceta trae hoy no sé qué papel. En la tienda del buñolero le oí leer y decían todos que era preciso colgar al choricero por los pies.
—¿De modo que creen ha sido escrito por él?