—La aborrezco porque... porque la aborrezco.
—¿Y no te remuerde la conciencia de un sentimiento que te lleva hasta el crimen?
—¡La conciencia!... ¡Un crimen! —dijo mi ama con cierta enajenación, y después, ocultando el rostro entre las manos, empezó a llorar amargamente, exclamando—. ¡Oh! ¡Dios mío, qué desgraciada soy!
—Pepa, ¿qué tienes? ¿qué es eso? —dijo Isidoro sentándose junto a ella, y apartándole la manos del rostro—. Pero tú... Conque tú... De modo que tú...
Dieron golpes en la puerta, y una voz dijo:
—El sainete: que va a empezar el sainete.
El aviso no distrajo a los dos actores. Pepa seguía llorando e Isidoro lleno de asombro.
XXVII
Creí prudente retirarme, no solo porque allí no hacía falta ninguna, sino porque en mi mente bullía inquietándome mucho, un proyecto, que al fin decidí poner en ejecución sin pérdida de tiempo. Dirigime lleno de resolución al cuarto de mi ama, Amaranta estaba allí y estaba sola.
—¡Oh, Gabriel! —me dijo—, ¿tienes valor para presentarte delante de mí? ¿Sabes que tienes un modo singular de despedirte? Veo que eres un farsantuelo de quien nadie debe fiarse. Di: ¿es esa la lealtad con que tú acostumbras pagar a tus favorecedores?