—¿Qué dice usted? —exclamé con asombro.
—Lo que oyes: la verdadera madre... ya comprenderás que en esto hubo una de esas secretas aventuras, que deshonran a una noble familia. La verdadera madre abandonó a esa pobre niña, y... ya te contaré despacio.
—Pero el nombre, el nombre de esa señora es lo que quiero saber.
—Juana iba a revelármelo: su relación la había fatigado mucho, y la palabra tembló en sus labios ya paralizados por la muerte.
Tal noticia produjo en mí espantosa confusión: volví a la sala y contemplé a la muerta, casi esperando que sus labios pudieran articular el deseado nombre.
—¿Es posible, Dios mío —dije dirigiendo mi mente al cielo—, que no hagas bajar un rayo de vida a este yerto cadáver, para que su fría lengua se mueva y pronuncie una sola palabra?
En mi ansiedad, hasta tuve por un momento la esperanza de que el cadáver, reanimado por mis ruegos, volviese a la vida para revelarme el nacimiento de Inés.
—¡Qué loco soy! —dije después—. No faltarán medios de averiguarlo.
Desde entonces Inés fue para mí el resumen de la vida. Si antes no la hubiera amado, su desgracia me habría inclinado con invencible fuerza hacia ella. Empleé los dos mil reales en el entierro de la difunta, y en el viaje que el padre Celestino y la huérfana hicieron a Aranjuez, donde se instalaron. Yo regresé a Madrid. Inés reclamada después por los parientes de doña Juana sufrió martirios y desgracias, cuyo recuerdo hace aún estremecer de angustia mi corazón. Creimos al fin asegurada nuestra felicidad; pero vinieron aciagos y terribles días: vino la revolución de Aranjuez; vino el Dos de mayo, día de sangre y luto; los franceses inmolaron muchas víctimas; Inés cayó en poder de los invasores... pero ahora me faltan fuerzas para relatar tan horrorosos acontecimientos. Estoy fatigado y necesito tomar aliento para seguir contando.
FIN DE LA CORTE DE CARLOS IV