—Pues... a mí me han dicho que hoy conviene pedir veinte para que den cinco. Además, váyase el mérito con mil demonios: lo que conviene es tener desvergüenza para meterse en todas partes, buscar la amistad de personas poderosas; en fin, hacer lo que los demás han hecho para subir a esos puestos en que son la admiración del mundo.

—¡Ah, Gabriel! —dijo doña Juana—. Tú eres un ambiciosillo a quien alguien ha trastornado el juicio. Lo que menos crees tú es que te has de ver por ensalmo en la corte, cubierto de galones y mandando y disponiendo desde la Secretaría del Despacho.

—Justo y cabal, señora mía —dije yo riendo y atento a lo que expresaba el semblante de Inés, con quien repetidas veces había hablado del mismo asunto—. Aunque estoy en el mundo sin padre ni madre, ni perro que me ladre, yo creo que bien puedo esperar lo que otros han tenido sin ser más sabios que yo. De menos hizo Dios a Cañete a quien hizo de un puñete.

—Tú tienes disposición, Gabriel —dijo gravemente D. Celestino—; y mucho será que de un día para otro no te veamos convertido en personaje. Entonces no te dignarás hablarnos, ni vendrás a casa; pero hijo, es preciso que aprendas los clásicos latinos, sin lo cual no hallarás abierta ninguna de las puertas de la fortuna; y además te aconsejo que aprendas a tañer la flauta, porque la música es suavizadora de las costumbres, endulza los ánimos más agrios, y predispone a la benevolencia para con los que la manejan bien. Y si no, ahí me tienes a mí, que de seguro nada habría conseguido si de antiguo no cultivara mi entendimiento en aquellas dos divinísimas artes.

—No echaré en saco roto la advertencia —repuse—, pues todos sabemos a qué debe su encumbramiento el hombre más poderoso que hay hoy en España después del Rey.

—¡Calumnias! —exclamó irritado el sacerdote—. Mi paisano, amigo y mecenas, el señor Príncipe de la Paz, debe su elevación a su gran mérito, a su sabiduría y tacto político, y no a supuestas habilidades en la guitarra y en las castañuelas, como dice el estólido vulgo.

—Sea lo que quiera —añadí yo—, lo cierto es que ese hombre, de humildísimo guardia ha subido a cuanto hay que subir. Bien claro está.

—Pues no dudes que tú harás otro tanto —dijo con ironía doña Juana—. De hombres se hacen los obispos, como dijo el otro.

—Verdad es —repuse siguiendo la broma—, y juro que he de hacer a D. Celestino arzobispo de Toledo.

—Alto allá —dijo el clérigo seriamente—. No acepto yo un cargo para el que me reconozco sin méritos. Bastante tendré yo con una capellanía de Reyes Nuevos o el arcedianato de Talavera.