—Isidoro.
—No, señora, no me ha dicho nada.
—Como hablaba contigo al concluir la representación...
—Fue para decirme que si volvía a enredar entre bastidores mientras él representaba, me mandaría desollar vivo.
—¡Qué genio! Le convidé para venir y no me contestó.
Después de esto no dijo más, y con ademán triste y sombrío se encerró en su cuarto con la criada para cambiar de vestido. Seguí preparando todo, y al poco rato reapareció mi ama.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Las nueve acaban de dar en el reloj de la Trinidad.
—Me parece que siento ruido en el portal —dijo con mucha ansiedad.
—La señora se equivoca.