—¿Qué he de pensar? Como Godoy es tan malo de por sí, cátate ahí que Napoleón viene a quitarle de en medio, y a poner en el trono al Príncipe de Asturias, que dicen es un gerifalte para el gobierno.
Chinitas volvió a aplicar el acero a la piedra, dando movimiento con el pie, y después de contestar a mis observaciones con un mohín muy expresivo, añadió:
—Yo digo y repito que todos estos señores parece que están bobos. Nosotros los que no sabemos leer ni escribir, acertamos a veces mejor que ellos; y lo que ellos no pueden ver, porque les encandila el sol de un poder que tienen tan cerca, lo vemos nosotros desde abajo; y si no, di tú: ¿No es preciso estar ciego para comprender que Napoleón no dice lo que tiene pensado? ¿Ese hombre no ha revuelto todas las partes del mundo, no ha quitado de los tronos los reyes que ha querido para poner a los mocosos de sus hermanos? Dicen que viene a poner al Príncipe de Asturias y a quitar al choricero. De eso me río yo. Sí, porque Godoy y él no están de compinche para hacer cualquier picardía... A mí con esas. Lo que menos le importa a Napoleón es que reine Fernando o prive D. Manuel; lo que él quiere es cogerse a Portugal para darle un pedazo a Godoy, y otro pedazo a la infanta que han puesto de reina allá en Trucha o Truria...
—Pues que lo cojan y lo repartan —dije yo con gran crueldad para nuestros vecinos—, ¿qué nos importa? Con tal que quiten a ese hombre tan malo...
—Si cogen a Portugal, porque es un reino chiquito, mañana cogerán a España, porque es grande. Yo me enfado cuando veo a esos bobalicones que andan por ahí, petimetres, abates, frailes, covachuelistas, y hasta usías muy estirados, que se ríen y se alegran cuando oyen decir que Napoleón se va a embolsar a Portugal, y con tal de ver por tierra al guardia, no les importa que el francés eche el ojo a un bocadito de España, que no le vendrá mal para acabar de llenar el buche.
—Pero como dicen que no hay pecado que el choricero no haya cometido...
—Mira, chiquillo —contestó con aplomo probando con el dedo el filo de las tijeras—; yo me río de todas las cosas que cuentan por ahí. Es verdad que ese hombre es un ambicioso que no va más que a enriquecerse; pero si ha llegado a ser duque, y general y príncipe y ministro, ¿de quién es la culpa sino de quien le ha dado todo eso sin merecerlo? Si vienen y te dicen a ti: «Gabriel, mañana vas a ser esto y lo otro, porque me da la gana, y sin que necesites para ello quemarte las cejas estudiando latín», ¿qué dirás tú? Dirías, «pues venga.»
—Eso no tiene duda.
—Y aunque ese hombre es una buena pieza, y ha hecho muchas maldades, la mitad de lo que dicen es mentira. También habrás visto que hoy le escupen muchos que antes le adulaban; es que saben que va a caer, y la sombra del árbol carcomido no le gusta a la gente. ¡Ah! me parece que aquí vamos a ver grandes cosas, sí, señor, grandes cosas. Digo y repito, que de esto va a resultar lo que nadie piensa, y muchos que hoy se restregan las manos de contento, llorarán mañana a moco y baba; y si no, acuérdate de lo que te digo.
Aquellas razones, que me parecían encerrar profunda verdad, me hicieron pensar; y como persona que ya se preciaba de saber escoger los hombres, pensé que aquel sabio amolador era digno de ocupar un puesto de consideración a mi lado, cuando yo fuera generalísimo, primer secretario de Estado, archipámpano, y tuviera todas las jerarquías que esperaba de la protección y ayuda de mi divina Amaranta.