MILAGROS.—He visto la que le ha venido de París a Pilar San Salomó con el traje para comida y teatro... (Con emoción estética, poniendo los ojos en blanco.)¡Qué traje! ¡Cosa más divina...!

ROSALÍA.—(Con ansioso interés.) ¿Cómo es?

MILAGROS.—Falda de raso rosa, tocando al suelo, adornada con un volante cubierto de encaje. ¡Qué cosa más chic! Sobre el mismo van ocho cintas de terciopelo negro.

ROSALÍA.—¿Y bullones?

MILAGROS.—Cuatro órdenes. Luego, sobre la falda, se ajusta a la cintura (Uniendo a la palabra la mímica descriptiva de las manos en su propio talle.) ¿comprende usted?... se ajusta a la cintura un manto de corte... Viene así, y cae por acá, formando atrás un cogido, un gran pouff. (Con entusiasmo.) ¡Qué original! Por debajo del cogido se prolongan en gran cola los mismos bullones que en la falda; ¡pero qué bien ideado! ¡Es de lo sublime!... Vea usted... así... por aquí... en semejante forma... correspondiendo con ellos solamente por un retroussé... Es decir, que el manto tiene una solapa cuyos picos vienen aquí... bajo el pouff... ¿entiende usted, querida?

ROSALÍA.—(Embebecida.) Sí... entiendo... lo veo... Será precioso...

MILAGROS.—(Expresando soberbiamente con un gesto la acertada colocación de lo que describe.) Lazo grande de raso sobre los bullones... Es de un efecto maravilloso.

ROSALÍA.—(Asimilándose todo lo que oye.) ¿Y el cuerpo?

MILAGROS.—Muy bajo, con tirantes sujetos a los hombros por medio de lazos... Pero cuidado: estos lazos no tienen caídas... ¡La camiseta es de una novedad...!, de seda bullonada con cintas estrechitas de terciopelo pasadas entre puntos. Las mangas largas...

ROSALÍA.—(Quitando y poniendo telas y retazos para comparar mejor.) Se me ocurre una idea para la camiseta de este traje. Si escojo al fin el color cenizas de rosa... (Deteniéndose meditabunda.) ¡Qué torpe soy para decidirme! El figurín... (Recogiendo todo con susto y rapidez.) Me parece que siento a Bringas. Son un suplicio estos tapujos...