Por curiosidad preguntó Rosalía a su amiga lo que necesitaba, y oyéndole decir que unos nueve o más bien diez mil reales, puso una cara de mal humor que aumentó la tribulación de la ya tan atribulada Milagros.

«¡Ay!, qué pocos alientos me da usted... Y para colmo de desdicha, ayer tarde me hizo Eponina un escándalo. Si lo que a mí me pasa no le pasa a nadie... Me ha puesto unas cuentas... de lo más estrepitoso... Por una hechura ¡dos mil reales!, por avíos de aquella bata, sólo por avíos, ¡mil quinientos!... Es para matarla...».

«¡Diez mil reales!—murmuró Rosalía mirando al suelo y contando las sílabas como si fueran monedas—. Con la quinta parte tendría yo bastante».

—Diga usted; D. Francisco...—indicó Milagros con animación, dando a entender que el bendito Bringas debía de tener ahorros.

—¡Cállese usted por Dios! Si mi marido supiera...—replicó la otra aterrorizada—. Estas cosas le sacan de quicio.

—¿Y Cándida?...

—¡Ave María Purísima!

—Podía darse el caso... Olvidé decirle a usted que, empeñando tres o cuatro cosillas, podré reunir cuatro mil reales. Sólo necesito seis.

—Imposible de toda imposibilidad.

—Ese Torres...—murmuró Milagros con la boca tan seca, que la lengua se le pegaba al paladar.