«Ese perdulario sin conciencia, esa inutilidad...»—fue lo único que se le ocurrió.

D. Francisco entró al poco rato, menos vivaracho y humorístico de lo que solía. Milagros le saludó de la manera más afectuosa, quejándose luego de su desgraciada suerte y de lo inexorable que Dios era con ella, no dándole más que penas sobre penas. Bringas la confortaba con razones cristianas, aunque le tenía cierta ojeriza, ya inveterada, por no haber recibido de ella el regalo de Pascua que creyera merecer cuando le compuso la arqueta de marfil. Pero casi casi había llegado mi amigo al perdón de la ofensa, aunque sin olvidarla; y si se ha de decir verdad, no le agradaban mucho las intimidades de su mujer con aquella señora, aun considerándolas puramente circunscritas a lo concerniente al ramo de vestidos.

«¿No tendré el gusto de verle a usted mañana en mi casa?»—dijo la marquesa.

D. Francisco se excusó con galantería, aprestándose a poner las manos en su magna obra. Empezaba a notar que le eran perjudiciales las salidas de noche... Su cabeza no estaba buena. Él lo atribuía a los nervios, y quizás fuese efecto del tiempo, del nublado, pues parecía como si quisiera desgajarse el cielo en agua, y nunca acababa de romper. Aquella mañana se había sentido muy mal en la oficina... El jefe opinaba que todo era cosa del estómago, recomendándole una pildorita de acíbar en cada comida. Pero él era tan poco amigo de las botiquerías, que no se determinaba a tomar nada... Por esta desazón se privaba de asistir a la soirée de Milagros, y se contentaría con leer la relación que trajeran los periódicos.

«Todavía, todavía—dijo la cuitada con lúgubre tristeza—, no sé, no sé... Quizás no haya nada... Me pasan cosas horrorosas... No me pregunte usted. Eso se queda para mí, para mí sola. Permítame usted que no diga una palabra más. Mi buen maridito es una alhaja... pero no me corresponde a mí contar sus proezas... Demasiado públicas son por desgracia... No se ría usted de mí si me ve llorar. Ciertas cosas...».

Bringas no sabía qué decirle. Despidiose ella con un fuerte apretón de manos, y un afectuoso Hasta mañana.

En la sala y en el pasillo las dos amigas se secretearon un ratito.

«He preparado el terreno—dijo Milagros con agonía—. Ahora aventúrese usted... sin miedo. De seguro...».

—¡Ay!, hija mía, usted delira, usted sueña despierta. Sí sabré yo...

—Entonces... quiere decir que no hay solución para mí—murmuró la afligida señora abrazando a su amiga, y apretándose contra ella.