—Bien, bien; tenemos castaño y dos tonos de rubio. Para entonar no vendría mal un poco de negro...

—Utilizaremos el pelo de Rosa. Hija, tráeme uno de tus añadidos.

D. Francisco tomó, no ya entusiasmado, sino extático, la guedeja que se le ofreció.

«Ahora...—dijo algo balbuciente—. Porque verá usted, Carolina... tengo una idea... la estoy viendo. Es un cenotafio en campo funeral, con sauces, muchas flores... Es de noche».

—¿De noche?

—Quiero decir, que para dar melancolía al paisaje del fondo, conviene ponerlo todo en cierta penumbra... Habrá agua, allá, allá, muy lejos, una superficie tranquiiiila, un bruñido espeeeejo... ¿me comprende usted?...

—¿Qué es ello?, ¿agua, cristal...?

—Un lago, señora, una, especie de bahía. Fíjese usted: los sauces extienden las ramas así... como si gotearan. Por entre el follaje se alcanza a ver el disco de la luna, cuya luz pálida platea las cumbres de los cerros lejanos, y produce un temblorcito... ¿está usted?, un temblorcito sobre la superficie...

—¡Oh!, sí... del agua. Comprendido, comprendido. ¡Lo que a usted se le ocurre...!

—Pues bien, señora, para este bonito efecto me harían falta algunas canas.