—¿Para qué te ocupas...?
—Me ha olido a estofado de vaca... No me lo niegues... Ahora, más que nunca, hay que apelar a las tortillas de patatas, a las alcachofas rellenas, a la longaniza, y si me apuras, a asadura de carnero, sin olvidar las carrilladas. Si te fías de Cándida y le encargas la compra, pronto nos dejará por puertas. Ya sabes que esa señora derrochó dos fortunas en comistrajos... Di una cosa: ayer pusiste para almorzar merluza frita.
—Es que creí que el médico te mandaría tomarla. Por eso se trajo. Después resultó que no.
—Oye una cosa... ¿Dónde está ahora Cándida?
—Está en la Furriela. No temas que te oiga.
—¿Por qué no haces, con buen modo, que se vaya a comer a su casa? No me gustan convidados perpetuos. Un día, dos, pase...
—Pero hombre... ¡Si supieras cuánto me ha ayudado la pobre...! Mañana veremos. No puedo decirle de buenas a primeras que se vaya...
—¿Qué te ha traído Prudencia de la plaza de la Cebada?
—Las tres arrobas de patatas.
—¿A cómo?