Al instante expuso su pretensión de prórroga, empleando sonrisas amables y los términos más dulces que podía imaginar. Pero Torquemada oyó la proposición con fría seriedad, y luego, ofreciendo a las miradas de Rosalía la rosca formada con sus dedos, como se ofrece la hostia a la adoración de los fieles, le dijo estas palabras fatídicas.

«Señora, ya dije a usted que no... puedo, no puedo de ninguna manera. Es de todo punto im...posible».

Y viendo que la víctima se negaba a creer tanta crueldad, echó el último argumento en esta forma:

«Si mi padre me pidiera... esa prórroga, no se la concedería. Usted no sabe lo apurado que estoy. Tengo forzosamente que hacer... un depósito. Va en ello mi honor».

La repetición de la súplica, hasta llegar a la pesadez, no quebrantaba aquella roca.

«Diez días nada más»—decía ella con el pagaré atravesado en la garganta.

—Ni diez minutos, señora; no puede... ser. Mucho... lo siento; pero si el día 2...

—Por Dios, hombre, por su madre...

—Me veré obligado a presentar... el pagaré al señor de Bringas, que tiene dinero... me consta...

A pesar de esto, la pobre señora, que pasó aquella noche atormentada por el insomnio y la zozobra, volvió al día siguiente a visitar a su acreedor.