Para que alguna me lo compre y no lo pague, vale más... Mire usted—añadió pasando a la sala—, también le doy este sombrero: está sin arreglar, pero puede usted llevarse la cinta que quiera.

Rosalía, asombrada de esta generosidad, y un tanto dispuesta a mirar a Refugio con ojos más benévolos, insistía en rechazar los obsequios.

«¿Me desaira usted porque soy pobre?»—le dijo con acerada reconvención.

Si Rosalía no hubiera ido a verla con el objeto que sabemos; si su afán de proporcionarse dinero no fuera tal que la obligaba a pasar por todo, seguramente habría rechazado las finezas con que aquella mujer, tan inferior a ella por todos conceptos, quería subir hasta su elevada esfera; pero no quiso mostrarle esquivez en el momento de pedir un favor... ¡Y qué favor tan denigrante! Cuando le venía al pensamiento la idea de formular su petición, se empapaba todo su ser en repugnancia, como si por los poros le entrara un licor asqueroso y amargo y corriese por sus venas y le subiera al paladar. Varias veces quiso hacer su demanda y faltáronle fuerzas para ello. Hasta pensó no decir nada y huir de aquella casa. Pero la lógica inflexible de su necesidad la amarraba allí, y no viendo a su compromiso otro remedio, érale forzoso apechugar con aquel caliz. «Ya que he hecho el sacrificio de venir—pensaba—, no me voy sin probar fortuna». El tiempo apremiaba; ya había dado la una... Dos o tres veces trajo las palabras de la mente a la boca, y allí se le quedaron revueltas con una saliva que era hiel pura. «¡Qué tonta soy!—pensaba—. ¡Tener reparo delante de esta chiquilla...!». Por fin, tanto luchó, que las palabras salieron tropezando. La infeliz se abanicaba, fingiendo poco interés en el asunto, y hacía esfuerzos para aparecer serena y ahuyentar de sus mejillas el borbotón de sangre.

«Bueno... pues ahora, Refugio, vamos a hablar de otra cosa. Yo he venido a pedirte un favor».

—¿Un favor?—dijo la otra con vivísima curiosidad.

—Un favor, sí—añadió la Bringas, a quien aquella curiosidad desconcertó un poco—. Es decir, si puedes, que si no, no hay que hablar.

—Usted dirá...

—Pues... es decir, si puedes—prosiguió la dama, tragándose la hiel que tanto le estorbaba—. Yo necesito una cantidad. Me consta que tú tienes... Sé que has cobrado en casa de Trujillo no sé cuanto... Pues bien, si quieres prestarme por unos días cinco mil reales, te lo agradeceré mucho... Se entiende, si puedes, si no, no.

XLVI