«Piénsalo bien, hija. Quizás puedas... Lo que tienes que pagar tal vez pueda aplazarse por unos días, mientras que lo mío...».
—Qué más quisiera yo—dijo la otra con afectada conmiseración—. Bastante siento que se vaya usted con las manos vacías...
El sentido altamente protector de esta frase humilló a Rosalía más de lo que estaba. La hubiera cogido por aquellos pelos tan abundantes, para restregarle el hocico contra el suelo.
«¿No podrías hacer un esfuerzo...?»—indicó, sacando valor de lo intimo de su pecho.
—¡Qué más quisiera yo!... Me da tristeza de no poder socorrer a usted. Crea que lo siento muy de veras. Yo haría cualquier cosa en obsequio de usted y de D. Francisco...
—No—dijo Rosalía con viveza, lastimada de oír el nombre de su marido—. Esto es cosa mía exclusivamente. Ni hay para qué enterar a Bringas de nada... ¡Oh!, es cosa mía, mía...
—¡Ah!... ya—murmuró Refugio, mirándola otra vez fijamente en el entrecejo.
Rosalía advirtió que después de observarla, la maldita revolvía de nuevo en el costurero... ¿Se ablandaba al fin y sacaba los billetes? No... Hizo un gesto como de persona que se esfuerza en tener carácter para vencer su debilidad, y repitió:
«No puedo, no puedo... Y lo que usted no consiga de mí, ¿quién lo conseguiría? Por usted o por D. Francisco haría los imposibles, y me quitaría el pan de la boca. Crea usted que tengo miedo a mi falta de carácter; yo soy muy tonta, y si usted me llora mucho, puede que me ablande y caiga en la tontería de prestarle el dinero; la tontería, sí, porque me hace muchísima falta».
«Nada—pensó Rosalía hecha un basilisco—. Esta sin vergüenza quiere que me le ponga de rodillas delante... No lo verá ella».