—Han puesto un cartel que dice:Palacio de la Nación, custodiado por el Pueblo.

—Sí, buena cuenta darán...—dijo Bringas con dolor vivísimo—. No va a quedar en Palacio ni una hilacha. La suerte es que antes de llegar aquí tienen mucho en que cebarse, y cuando suban a estos barrios, ya estarán tan hartos, que...

Continuó durante la noche la intranquilidad. Bringas y otros muchos vecinos no se acostaron o hicieron traer provisiones para muchos días. A cada instante temían verse acometidos por las turbas. Pero con gran sorpresa observaron que ningún ruido turbaba la paz augusta del Alcázar. Parecía que la institución monárquica dormía aún en él, tranquila y sosegada, como en los buenos tiempos.

En la mañana del 30, Cándida entró muy sofocada. «¿No saben lo que pasa?»—dijo antes de saludar.

«¿Qué, señora, qué?»—preguntaron todos con la mayor ansiedad, creyendo que algo muy estupendo había ocurrido.

—Pues que esa pobre gente que custodia a Palacio no ha cenado en toda la noche. Desde media tarde de ayer están ahí, y nadie se ha acordado de mandarles algo con que alimentarse. Yo no sé en qué piensa la Junta, porque han de saber que hay una Junta que llaman revolucionaria, ni el Ayuntamiento. Crea usted que da lástima verlos. Yo bajé esta mañana y estuve hablando con ellos. No crea usted, Sr. D. Francisco, unos pobrecillos, almas de Dios... Como no nos manden acá otros descamisados que esos, ya podemos echarnos a dormir. Algunos se subieron a las habitaciones reales, y andaban por allí hechos unos bobos, mirando a los techos. Otros preguntaban por las cocinas. ¡Era un dolor, una cosa atroz, hijo, verles muertecitos de hambre! Me daba una lástima, que no puede usted figurarse. Mis vecinas y otras muchas personas del tercero les han bajado al fin alguna cosilla, y en el portal grande están sentados en grupos. Para una tortilla hay treinta bocas; para una botella de vino cincuenta. En fin, es una risa. Baje usted y verá, verá. No hay miedo; son unos angelotes. ¿Robar? Ni una hebra. ¿Matar? Si acaso alguna paloma. Dos o tres de ellos se han entretenido en cazar a nuestras inocentes vecinas; pero con muy mala fortuna. Los revolucionarios tienen mala puntería.

—¡Pobres palomas!... En efecto—dijo Bringas—, yo he sentido tiros esta mañana.

—Pocas han caído. A mí me han regalado tres, gordísimas... Le digo a usted que esos infelices son la mejor gente del mundo.

—A mí que no me digan—exclamó Bringas amostazado—. Eso no cuela, eso es patraña. Aquí hay algún intríngulis. Y sí es verdad lo que usted dice, esa no es canalla, lo repito, esa no es canalla; son caballeros... disfrazados.

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