—Váyase usted, que yo me quedo—replicó ella impávida.

—¿Pero estás loca?...

—No estoy loca. Es que...

—Pero ¿tú buscas a alguien? ¿Esperas a alguien?».

Isidora no apartaba sus ojos de aquella puerta pequeña por donde entra y sale toda la política de España.

«Vaya, que tienes unas cosas... Ya van a dar las diez».

Isidora no le hizo caso. De repente avanzó hacia la calle del Sordo, mirando, no sin disimulo, a tres individuos que acababan de salir del Congreso. Uno de ellos se distinguía por su gabán claro.

«¿Al fin nos vamos?—preguntó D. José con alegría.

—No se enfade usted conmigo, padrinito—dijo Isidora mirándole—. Le quiero a usted mucho».

Avanzaban por la calle del Turco. Relimpio no se había fijado en los tres señores que delante iban a distancia como de unos treinta pasos. Al llegar al extremo de la calle, D. José, que gozaba mucho por los recuerdos históricos, se paró y dijo con voz lúgubre: