Estas sabias apreciaciones duraban poco, y luego volvía D. José a la monotonía de sus lamentos pastoriles. Durante varios días repitió las mismas cosas... La había visto un momento... Estaba desmejorada y triste... Riquín tampoco era feliz... En mayo añadió a tan enfadosos temas uno que era más agradable a la concupiscencia de Mariano.

«¿Sabes—le dijo—que mi hijo Melchor ha emprendido un gran negocio? Llegó aquí el mes pasado. Por cierto que me cogió desprevenido. Yo le creía en la Habana. Pero el Capitán General le quitó el destino a los veinte días de haber tomado posesión de él y me lo embarcó para la Península... Intrigas políticas... envidias y miserias.

—De aquellas cosas que pasan...—murmuró Mariano, demostrando perspicacia—. Don Melchor tendría las uñas un poco largas; de consiguiente...

—Quita, quita, hombre. Melchor es la misma honradez.

—Sí; pero..., de aquellas cosas que pasan..., al verse allí entre tanto dinero..., de consiguiente...

—Hombre, no.

—Total, que se volvió para acá sin un real.

—No tanto. Algo ha traído... Pues te contaré el negocio, que es grande, tremendo. Es un secreto que ha descubierto.

—¡Un secreto!... Y lo guardará... como es debido.

—No, lo pone a disposición de todo el mundo. Ha hecho unos prospectitos, ¿sabes? Luego ha puesto un anuncio en los periódicos, diciendo que el que quiera saber el secreto del negocio mande veinte reales en sellos. Ajajá. No puedes figurarte los sellos que han entrado en casa. Pero ya se va cansando la gente y vienen pocas cartas.