Isidora, que vivía en la calle de las Huertas, salía con frecuencia al balcón, y si veía a su padrino paseándose de arriba abajo y echando con disimulo un vistazo al piso segundo, sentía pena y lástima. Unas veces le hacía señales de que entrase, otras de que no entrase, y D. José obedecía con humildad. Llamole un día con agraciado gesto, desde dentro, alzando el visillo y mostrando su cara preciosa tras el cristal. Relimpio subió.

¡Cómo le palpitaba el corazón! Entró, cogió en sus brazos al niño, diole mil besos en la frente, en los rizos, y cargado con él, entró en la sala. Isidora vestía una bata azul de corte elegantísimo. Acababa de peinarse y su cabeza era una maravilla. Nadie que la viese, sin saber quién era, podría dudar que pertenecía a la clase más elevada de la sociedad. Contemplola D. José, más que con amor, con veneración, con fanatismo, como el salvaje contempla el fetiche, y poco faltó para que se la hincara delante.

«Estás, estás...—le dijo turbado por la emoción—, que pareces una diosa... Vengan las duquesas a tomarte por modelo... ¡Riquín!, hijo mío, sol, dame más besos... ¡Bendita sea tu madre!».

Mucho se alegraba también Isidora de ver a su padrino; pero un asunto urgentísimo les separaría muy pronto.

«¿No viene hoy ese bruto?—dijo Relimpio.

—No; hoy habla en el Congreso.

—¿De modo que me estaré aquí hasta anochecida?

—No, porque tengo que hacer, tengo que salir...».

¡Don José puso una cara tan triste!... Sus ojos vivos se amortiguaron como la llama de la exhausta lámpara colgada delante del santo.

«Tengo que hacer—dijo Isidora, sacando una carta—. Y usted me va a hacer el favor de llevar ahora mismo esta carta a Joaquín».