«Todo ese furor es porque he ido a San Isidro sin tu permiso».

Botín vacilaba. En su alma luchaban la ira y el asombro, o más bien la pasión que despertaba en él la traza chulesca de Isidora. Fuertes razones había sin duda para que venciera la cólera.

«Mucho me enfada—dijo con cierta gravedad parlamentaria—que haya usted ido sin mi permiso a la romería. Pero hubiera perdonado fácilmente esa falta. Otras no se pueden perdonar... Estoy aquí desde las cuatro esparándola a usted para decirle que se porta conmigo de una manera infame».

Isidora palideció. Subiendo la escalera había previsto la disputa; pero en esta resultaba una espantable cosa que ella no había previsto.

«De una manera infame—repitió Sánchez Botín—. Acabemos. Me gustan las cosas claras y los juicios rápidos. ¿Dónde están los pendientes de tornillo?

—Aquí están—dijo Isidora llevándose la mano a la oreja.

—¡Mentira! Esos son falsos. Los buenos los ha vendido usted... ¿Y el alfiler, la cadena, el medallón...?

—Esas prendas son mías y puedo disponer de ellas a mi gusto—dijo Isidora prontamente, dueña ya de sí misma.

—Las ha empeñado usted.

—Las he pignorado—replicó ella con aplomo y burla—, como dicen ustedes los hombres de negocios.