—No es preciso que me los entregue usted—replicó Botín con calma feroz—. Yo me haré cargo de ellos. Quítese usted el que lleva puesto».

Bien pronto la Cytherea se quedó en enaguas.

«Es lástima que no se lleve usted también mis botas—dijo Isidora sentándose y apoderándose con verdadera furia de uno de sus pies para descalzarlo—. Llévelas usted para que las use su señora».

Y se quitó una bota.

«No, no tanto—dijo Botín—; conserve usted su calzado».

Isidora dio algunos pasos cojos con un pie calzado y otro no, y entrando en su alcoba se puso otras botas.

En aquel instante, Botín tuvo que dar a su pasión una nueva batalla; pero el caso era tan grave, que la dignidad llevó la mejor parte. Apartó los ojos de la despojada imagen que delante tenía, y para verla lo menos posible, levantose, y con atención de prendero avaro, abrió el armario de luna y las gavetas de la cómoda, entró en la alcoba, registró todo como un curial que embarga o inventaría. Isidora en tanto arrojaba las preciosas botas en medio del gabinete, y después hacía lo mismo con su peineta.

«Bien—dijo Botín, sentándose otra vez y mirándose su pie pequeño como hacía en el Congreso—. Ahora póngase usted el vestidito que usaba cuando iba a rezar a la iglesia con tanta devoción.

—Lo he dado. Yo no guardo pingos».

Botín volvió a la alcoba. Tomó de una percha una bata, y ofreciéndola a Isidora con imperturbable frialdad, le dijo: «Póngase usted este».