—Tiene algo de calentura»—indicó la doncella, tocándole las mejillas.

Isidora le examinó. Sus lágrimas volvieron a correr

«Don José—dijo resuelta—. Cargue usted a Riquín. Envolvedlo bien en un mantón. Nos vamos ahora mismo.

—¡Ahora!»—exclamó D. José con espanto.

En la puerta del comedor apareció Botín. Después se paseó en el pasillo. Si Isidora estuviera fuerte en Mitología, le habría comparado al Minotauro vagando por las obscuras galerías del laberinto de Creta. Volvió la bestia al gabinete, y desde allí llamó con voz fuerte: «¡Isidora, Isidora!». Y viendo que esta no acudía, salió otra vez al pasillo y dijo en tono más humanitario:

«No llevemos las cosas hasta el último extremo. Riquín está malo. Puedes quedarte aquí hasta mañana».

Pero Isidora iba y venía recogiendo algunas cosas enteramente suyas.

«Quédate, mujer, quédate hasta mañana».

Entró ella en la alcoba. Botín se paseaba con lento andar en el gabinete.

«Vamos, vamos, no seas terca. No te perdono; pero te doy respiro hasta mañana. Además...».