«Sí, sí; por él»—repuso decididamente Isidora, para ver si con esto se callaba el monstruo y la dejaba en paz.
Y como se desgaja la peña del monte y rodando cae al llano y aplasta y destruye cuanto encuentra, hasta que para y queda inerte otra vez, rodeado de muerte y silencio, así se desprendió del alma de Juan Bou su esperanza; rodó, hizo estrago, produjo cólera y despecho; pero bien pronto todo quedó en atonía dolorosa y muda. Miraba al suelo y su respiración sonaba como el mugido de una tempestad lejana, que a cada rato está más lejos. La cólera fue instantánea. Pasó dejando el abatimiento en el alma y la confusión en el cerebro del coloso. Y en el cerebro fluctuaban, como restos de un vapor fugitivo, las vagas notas de un canto acompañado de sílabas. ¿Por qué esas músicas pegajosas, que toman posesión del oído y de los labios, insisten en su fastidioso dominio cuando el alma azarada, después de una catástrofe, se desmaya en duelo y tristeza? No se sabe. Se sabe, sí, que entre el oído, el cerebro y los labios de Juan Bou, andaba vagamente un sonsonete que decía: Los curas van alumbrando—el Miserere rezando.
Isidora había secado sus lágrimas. Para poner fin a tan fastidiosa escena, lo mejor era marcharse.
«Yo no puedo detenerme más»—dijo andando lentamente hacia la puerta.
Bou no contestó nada, ni hizo movimiento alguno.
«¿Viene usted?».
Al decir esto, la miró desconsolado. Isidora sintió provocación de risa, pero se contuvo.
«Nos iremos»—dijo Bou levantándose con tanta pesadez, que parecía haberse hecho de bronce.
Isidora iba delante, él detrás, Salieron y bajaron sin decirse nada. En la puerta de la calle, el desairado amante manifestó que se quedaría un rato más en casa de su hermana.
«Me ha matado usted—dijo al despedir a la ingrata—. Creo que estoy malo. Maldita sea mi suerte».