—Sí, sí—replicó ella con ansiedad doliente.

—Pues empecemos. Lo primero es cambiar de aires.

—¿Me mandas al campo?

—No... Mejor dicho, sí, te mando a un valle urbano».

Y llevándola al balcón, le mostró la casa de enfrente. En el piso bajo veíanse unas rejas, por entre cuyos hierro salían matas de tiestos, colocados dentro en una tabla. La casa hacía esquina, y el cuarto bajo a que correspondían las rejas tenía por la otra calle una tienda con dos vitrinas. Pero esto no se veía desde el balcón de Miquis, aunque se adivinaba, mirando un rótulo que en áureas letras decía: Castaño, ortopedista. Otra grande y aparatosa muestra, colgada más arriba, en el piso principal de la misma casa, decía: Eponina, modista. Como Isidora la mirase, díjole Miquis:

«Huye de esas peligrosas alturas, y vuelve tus ojos al valle ameno que está abajo.

—Sí; Ahí viven Emilia y Juan. ¡Qué felices son!

—Pues en esa casa, en ese establecimiento salutífero vas a vivir desde mañana.

—¡Oh! ¡Si vieras qué envidia les tengo! Pero no, no me admitirán.

—¿Te negarán ese favor si se lo pido yo?... He salvado del garrotillo al mayor de sus chicos. Los asisto de balde. Me llaman casi todos los días.