—Entendámonos—añadió Miquis rectificando—. Si tus derechos no son una farsa, si hay algo de serio y legítimo en eso, enhorabuena que siga adelante tu pleito. Lo que yo quiero es que no consagres tu vida a la idea de ocupar una posición superior, que no vivas anticipadamente en ella con la imaginación, sino que tengas paciencia y reposo de espíritu... ¿Que ganas el pleito? Pues bien; te embolsas tu herencia y sigues, con tu marido, en la esfera de modestia, quietud y desahogo en que todos vivimos. ¿No quieres? ¿No aceptas mi plan?

—No lo acepto, no—dijo Isidora de muy mal humor—. Es un plan tonto.

—¡Ah mimosa! ¿Sabes lo que debo yo hacer, en vista de tu rebeldía? Pues no tenerte lástima, no interesarme por ti, y mirarte como tierra común en la cual todos tienen derecho a sembrar sus deseos para recoger tu deshonra. Desgraciada, si no acabas en la casa de Aransis, acabarás en un hospital.

—Bien, me agrada eso. O en lo más alto o en lo más bajo. No me gustan términos medios.

—Y sin embargo en ellos debemos mantenernos siempre... ¿Conque quedamos en eso?

—¿En qué?

—En que, rechazado por ti mi tratamiento, te debo considerar como incurable y hacerte el amor.

—¡Qué disparates dices!

—¿Vámonos al Retiro?... ¿Te acuerdas de aquellos paseítos, del Museo, de las fieras, de las naranjas que nos comimos entre los dos?

—Bien me acuerdo... Déjate de tonterías.