«¡Mariano!—gritó Isidora extendiendo los brazos en la obscuridad—. ¡Para, para un momento y ven acá! Quiero abrazarte. Soy tu hermana, soy Isidora. ¿No me conoces ya?».
El ruido volvió a ceder, y la maquinaria tomaba una lentitud amorosa.
«No puede pararse el trabajo»—dijo Encarnación.
Pero como realmente se detenía, oyose un grito del huso viviente que dijo: «¡Aire! ¡Aire a la rueda!».
Y en efecto, la rueda volvió a tomar su aire primero, su paso natural. Las dos mujeres callaron, consternada y atónita la joven, aburrida la vieja. Como había pasado algún tiempo desde su llegada al término de la caverna, los ojos de entrambas comenzaron a distinguir confusamente la silueta del gran disco de madera, que trazaba figura semejante a las extrañas aberraciones ópticas de la retina cuando cerramos los ojos deslumbrados por una luz muy viva.
«¿Ves aquellas dos centellitas que brillan junto a la rueda?... Son los ojos de Pecado...».
Isidora vio, en efecto, dos pequeñas ascuas. Su hermano la miraba.
«Pronto serán las doce—indicó la anciana—. Esperemos a que levanten el trabajo, y nos iremos los tres a comer».
La hora del descanso no se hizo esperar. Soltó el obrero el cáñamo, parose la rueda, y el que la movía salió lentamente del fondo negro, plegando los ojos a medida que avanzaba hacia la luz. Era un muchacho hermoso y robusto, como de trece años. Isidora le abrazó y le besó tiernamente, admirándose del desarrollo y esbeltez de su cuerpo, de la fuerza de sus brazos, y afligiéndose mucho al notar su cansancio, el sudor de su rostro encendido, la aspereza de sus manos, la fatiga de su respiración.
«Es un gañán—dijo Encarnación examinándole la ropa con tanta severidad coma un juez que interroga al criminal ante el cuerpo del delito...—.Ya me ha roto los calzones... Ya verás, Holofernes, ya verás».