De repente oyéronse pasos. Isidora y Epinona miraron hacia la sala inmediata, y vieron entrar a un hombre. Era Miquis.
«Pase usted, doctor—dijo la modista—, y verá usted cosa buena. Usted no estorba nunca».
Era Eponina mujer desordenada; mucho tiempo hacía que no pagaba al médico, el cual visitaba con gran celo a la anciana madre de la modista. Para hacerse perdonar su falta de conducta, la francesa era complaciente con Augusto, y le permitía entrar en su taller a todas horas y bromear con las oficialas. Al ver a Miquis, Isidora se turbó un momento. Después se echó a reír.
«¿Te asombra de verme vestida de baile?—le dijo—. Sé que me has de reñir; pero, vamos, sé franco. ¿Estoy bien así, sí o no?».
Absorto la miraba el joven, y con voz balbuciente, que declaraba su sorpresa y embeleso, dijo:
«Estás..., no ya hermosa, ni guapa, sino... ¡divina!
—Vamos, que te he hecho tilín.
—A un ahorcado no se le hace tilín tan fácilmente; pero... Abismo de flores, de veras te digo que si no estuviera con la soga al cuello... Pero no, ¡fuera simplezas! El médico, el médico es el que habla ahora».
Y esgrimió el bastón ante la imagen hechicera de la dama vestida de baile.
«Has contravenido mi plan; te has burlado de mis recetas. No te salvarás, Isidora. Yo te abandono a tu desgraciada suerte.