ISIDORA.—(Entristeciéndose súbitamente.) En lo primero creo, en lo segundo no. Esa ilusión es demasiado bonita para que pueda engañar.

JOAQUÍN.—¿Por qué lo dices?... ¿Porque te lo he prometido muchas veces, y nunca lo he cumplido? Ahora...

ISIDORA.—Ni ahora ni nunca. Tú no te casarás conmigo. (Derrama unas lágrimas.)

JOAQUÍN.—El mundo es olvidadizo, tontuela.

ISIDORA.—Pero no tan olvidadizo que...

JOAQUÍN.—Y en seguida que nos casemos, haremos un viaje por Italia y Suiza.

ISIDORA.—O por Inglaterra y Escocia. (Con toda su alma.) ¿Sabes que de tanto oír hablar de Italia me apesta la tal Italia? Mas quiero ver a Londres, sus inmensas calles, sus muelles que no tienen fin, sus parques... Aquello sí que es grandeza. Te diré... Luego haría una excursión por Escocia, ¡donde hay unos lagos preciosos y unas montañas...! Por allí andan las ladys visitando grutas, escudriñando ruinas y pintando paisajes. No hay nadie que entienda como esa gente inglesa el modo de hacer vida elegante en medio de la Naturaleza. Botín, que ha estado en Inglaterra, me contaba cosas que me hacían feliz.

JOAQUÍN.—Pues si lo prefieres, iremos a Londres y Escocia.

ISIDORA.—Calla, calla. Te diré... Iré yo sola, o contigo, si quieres acompañarme... Porque no me casaré, Joaquín; viviré soltera riéndome del mundo.

JOAQUÍN.—¡Soltera! Si yo no me casara contigo, tendrías ocho mil pretendientes por semana.