—¡Usted lo sabe, usted lo sabe!—exclamó la joven rebosando alegría.

—No sé más sino que te caes de boba. Eres más sosa que la capilla protestante.

—Mi madre—declaró Isidora poniéndose la mano en el corazón, para comprimir, sin duda, un movimiento afectuoso demasiado vivo—, mi madre... fue hija de una marquesa».

Como un petardo que estalla, así reventó en estrepitosa risa la Sanguijuelera, apretándose la cintura y mostrando sus dos filas de dientes semisanos. Se desbarataba riendo, y después le acometió una tos de hilaridad que le hizo suspender el diálogo por más de un cuarto de hora. Algo confusa, Isidora esperó a que su tía volviese en sí de aquel síncope burlesco para seguir hablando. Por último, dijo con malísimo humor:

«¡Qué bien finge usted!

—Perdone vuecencia—replicó Encarnación en el tono más cómico del mundo—. Perdone vuecencia que no la hubiera conocido... Pero vuecencia tendrá que hacer diligencias y buscar papeles.

—Tengo papeles..., ¡y qué papeles!

—¿Quiere vuecencia que le preste dos reales?..., porque tendrá que untar escribanos.

—No creo que sea preciso, porque esta bien claro mi derecho.

—Vuestra serenísima majestad cogerá una herencia, porque sin herencia todo sería pulgas, ¿verdad, hermosa?