Y al salir hizo un gesto tan irreverente ante las barbas venerables de D. José de Relimpio, que este, furioso ya por oírse llamar Pepillo, no pudo contener su indignación, y cuando el ser humano estuvo fuera, exclamó:
«¡Canalla!... ¿Pero es posible, hija, que tú, tú, aceptes?...
—Provisionalmente—dijo Isidora, como si despertara de un desagradable sueño—. ¡Estoy tan mal...! Necesito...».
¡Necesito! ¡Cómo sonó este verbo en el cerebro del santo varón! Lo había oído tantas veces en momentos terribles, que era para él como una voz de alarma que le erizaba el cabello y le detenía la circulación de la sangre. Su abatimiento era tan grande, que si tuviese allí la botella, quizás, quizás la apurase valientemente de un trago.
¡Libertad, comodidades, buena ropa, baño, casa, lujo, dinero!... Así como a D. José le entraba el mareo con lo que el lector sabe, a Isidora le atacaba el mismo mal con sólo la probabilidad de hacer efectivas las ideas expresadas por aquellos mágicos vocablos. Cada ser tiene sus imanes.
¡Oh pena de las penas! Cuando D. José la vio salir y entrar en la carretela de aquel ente que le llamaba Pepillo, cuando la vio partir... ¡Oh, qué horrores alumbra el desvergonzado sol, esa cínica lumbrera que no sabe llenar de tinieblas la tierra cuando se consumen hechos tan contrarios a las hermosas leyes del bien! El pobre hombre olvidaba que el error tiene también sus leyes, y que en la marcha del universo cada prurito aspira a su satisfacción y la consigue, resultando la armonía total, y este claro—obscuro en que consiste toda la gracia de la humanidad y todo el chiste del vivir.
Pero el buen viejo no podía ver aquello. Su espíritu se enardecía, sus sentimientos se sublevaban, quiso darse un fuerte golpe en la cabeza contra la pared de la iglesia de Montserrat para concluir allí su preciosa y fatigada existencia; pero no tuvo valor para ello. Necesitaba marearse, sí, darse un buen paseo por las doradas regiones de lo ideal. Esta necesidad se impuso a su naturaleza de un modo tan imperioso, que no tuvo paciencia para salvar la distancia que le separaba de su casa, y se metió en la primera taberna que encontró al paso.
—III—
Y un día Emilia y Juan José Castaño vieron entrar en su casa a la gran Isidora elegantemente vestida de negro, con un lujo, con un señorío, con un empaque tal, que ambos esposos se quedaron perplejos, como quien ve visiones, y no acertaron a contestar a sus primeras preguntas. Iba la madre a ver a su hijo, al noble, al precioso y cabezudo Riquín, que recogido y amparado en casa de Castaño durante los cinco meses de prisión, miraba a Emilia como madre y a los niños de aquella como sus hermanitos. Muy afligida Emilia al ver la resolución de Isidora de llevarse a su hijo, no se atrevió a poner resistencia; pero Juan José, hablando con firmeza y tesón, dijo que no entregaría a Joaquinito, porque Isidora, con su mala conducta, perdía los derechos de madre, y que él estaba decidido a llevar la cuestión a los Tribunales, seguro de que el juez le autorizaría para retener al desgraciado niño en su poder.
Irritada Isidora, manifestó que no admitía tales ideas, y ya se agriaba la cuestión, cuando abriose una puerta y apareció un señor obispo..., digo, era Riquín, el cual traía en la cabeza una gran mitra de papel, y echando la bendición graciosamente con su mano derecha, cantó en el latín más estropajoso que se ha oído jamás: Dominis vobiscum.