—Es decir, que ha estado mala.
—Sí, señor.
—¿Y por qué no me avisó usted, hombre de Dios, mejor dicho, hombre de todos los demonios?
—Porque ella no quiso... Hoy, sin su permiso, vengo a buscarle a usted para que le quite de la cabeza...
—¿Qué le he de quitar, hombre?
—Una idea—dijo Relimpio, cuando ambos andaban aprisa por la calle.
—¿Y cree usted que yo soy quitador de ideas?... Vamos a ver: ¿usted está en su sano juicio, o se ha mareado hoy?
—No, Sr. D. Augusto; hace tiempo que no me mareo. Ella no me deja. Desde que vivimos juntos...
—¿Cómo?
—Sí; ese salvaje, ese canalla, ese asqueroso reptil, ese inmundo..., perdone usted, Sr. D. Augusto; me faltan palabras apropiadas... Para no cansar, ese basurero animado, la abandonó después de darle tantos golpes, que por poco la mata; después de cruzarle la cara... mire usted, por semejante parte, con un navajazo. Por fortuna su herida no fue grave, aunque le ha dejado una cicatriz que desfigura bastante aquel rostro celestial, aquel encantador palmito...».