Isidora le miró de un modo que indicaba deseos de que no se marchara; pero después se inclinó de hombros.
«Ya me han humillado tanto—murmuró entre dos suspiros—, que el ver salir al último amigo no me causa impresión.
—Señor D. Augusto de mi alma—dijo a la sazón Relimpio, que hasta entonces, testigo mudo y doliente, no se había atrevido a decir nada—; no se marche usted y exhórtela, predíquele, y amonéstele para que se le quite... eso... de la cabeza.
—¿Qué?
—Eso.
—¿Y qué es eso?
—El disparate que quiere hacer. Vea usted cómo calla y se sonríe la pícara... A mí me lo ha dicho, pero a usted no se lo quiere decir.
—¿Suicidio?
—Por ahí...
—No, no es suicidio—exclamó el anciano con desesperación, arrancándose (o tratando de arrancarse, que es más verosímil) un mechón de cabellos—. ¿Ve usted? Se ríe... Y que no diga que lo hace por no tener qué comer. Yo... aún puedo trabajar».