Corrió hacia la puerta, y hallando que no estaba la llave en ella, como de costumbre, retrocedió para buscarla.
«No, no te doy la llave; no saldrás mientras yo viva»—exclamó D. José, haciéndose superior a sí mismo y mostrando la energía que a veces surge del flaco ánimo de los débiles, como en ciertos momentos de crisis las sublimidades brotan del cerebro de los tontos.
Isidora le miró con ira, y respiró fuerte apretando contra el talle el lío de ropa.
«¡La llave, la llave!
—No saldrás sino pasando sobre mi cadáver»—gritó con cavernosa voz Relimpio, sintiéndose héroe de teatro.
Y al decirlo, oprimía contra su pecho la llave para protegerla de un ataque de su enemiga.
«Vamos, vamos, que no tengo ganas de bromitas—dijo la de Rufete encolerizada—. Venga la llave, o la tomaré dondequiera que la encuentre. Mire usted que ya no soy lo que antes era: de cordera, me he vuelto loba. Ya no soy noble, Sr. D. José; ya no soy noble.
—Pero aunque no seas noble, no serás capaz de ultrajar a tu pobre viejo, a tu padre...».
Acompañadas de lágrimas, estas palabras eran harto elocuentes.
«Vamos, abuelito, que ya me canso, que se me acaba la paciencia, que las simplezas me cargan, que no estoy de humor de mimos...».