Pasó un naranjero.
«¿Son de cáscara fina?—preguntó Miquis al comprar cuatro naranjas—. Toma, cómete esta para que se te vaya refrescando la sangre. La fluidez de la sangre despeja el cerebro, da claridad a las ideas...
—Así es—prosiguió Isidora con cierta fatuidad mal disimulada—, que si me preguntas cosas que no sean de lo que ahora está pasando, quizás no te podré contestar. ¿Qué sé yo lo que será de mí? ¿Conseguiré lo que deseo y lo que me corresponde? ¡Hay tanta picardía en este mundo!
—Verdaderamente que sí—dijo Augusto en el tono más enfáticamente burlesco que usar sabía—. El mundo es una sentina, una cloaca de vicios. En él no hay más que dolor y falsía. Malo es el mundo, malo, malo, malo. ¡Duro en él! En cambio nosotros somos muy buenos; somos ángeles. La culpa toda es del pícaro mundo, de ese tunante. Es el gato, hija mía, el gato, autor de todas las fechorías que ocurren en... el Cosmos. ¡Ah, mundo, pillín, si yo te cogiera!... Pero ven acá, alma mía; puesto que vas a dar un salto tan brusco en la escala social..., dime: allá, en esos Olimpos, ¿te acordarás del pobre Miquis?
—¿Pues no me he de acordar? Serás entonces un médico célebre.
—¡Y tan célebre!... Vamos a lo principal. ¿Y tendrás a menos ser esposa de un Galeno?
—¿De un qué?... ¿De una notabilidad?... ¡Oh, no! Poco entiendo de cosas del mundo; pero me parece que los grandes doctores pueden casarse con...
—Con las reinas, con las emperatrices.
—Y sobre todo chico—añadió Isidora—, de algo ha de valer que nos conozcamos ahora. Y lo que es a mí...».
¡Cuánta ternura brilló en sus ojos, mirando a Miquis, que la devoraba con los suyos!