—Ya se van los coches»—dijo Isidora, que apenas había oído la charla de su amigo.

Era tarde. Llegaba el momento en que, cual si obedeciera a una consigna, los carruajes rompen filas y se dirigen hacía el Prado. Es tan reglamentario el paseo, que todos llegan y se van a la misma hora. Isidora notó la confusión del desfile al galope, tomándose unos a otros la delantera, escurriéndose los más osados entre el tumulto; y oía con delicia el chasquido de látigos, el ¡eh!... de los cocheros, y aquel profundo rumor de tanta y tanta rueda, pautando el suelo húmedo entre los crujidos de la grava. Ella habría deseado correr también. Su corazón, su espíritu, se iban con aquel oleaje. Allá lejos brillaban ya no pocas luces de gas entre el polvo del Prado. Aquella neblina que se forma con el vaho de la población, las evaporaciones del riego y el continuo barrer (de que son escobas las colas de los vestidos), se iban iluminando hasta formar una claridad fantástica, cual irradiación lumínica del suelo mismo. Viendo cómo los coches se perdían en aquel fondo, Isidora apresuró el paso.

«Vámonos por aquí—dijo Miquis, desviándola de los paseos para subir hacia el Saladero y acortar camino.

—¡Jesús!, siempre me llevas por lo más feo, por donde no se encuentran más que tíos. ¿Hay también aquí ventorrillos?

—¿Quieres que comamos juntos? Iremos a una fonda.

—No, no, no. Basta de paseos. Esto no está bien... ¡Qué se dirá de mí! Para calaverada, basta.

—¡Maldita sea la hora en que nací!—gruñó el estudiante—. ¿Dejarte ahora, separarnos?... ¿Vas a tu casa?

—Sí, hombre. ¡Qué dirán!

—¡Oh!, sí, ¡qué dirán los marqueses de Relimpio!

—No son marqueses, pero son personas honradas.