—¿Y Pecado?

—En el taller... Dios le tenga allá...».

Aquel día, aunque era festivo, el soguero tenía trabajo hasta las doce. No había querido ir Mariano; pero su severa tía le cogió por una oreja, y... ¡Valiente holgazán!

«¿Y Pecado?—volvió a preguntar el Majito.

—Te digo que está en el trabajo... No te montes sobre la tinaja. Si me la rompes, vas a ver. ¡Eh, eh! No te encarames, o te vas de aquí más pronto que la vista.

—¿En dónde está Pecado?».

Para preguntar, los sabios y los chicos. La Sanguijuelera, cansada de responder a la misma pregunta, le cogió con una mano los dos carrillos, estrujándoselos, con lo que la boca del Majito resultó como una guinda. Le dio un beso en ella, diciéndole: «¡Qué pesado eres..., y qué rebonito!».

«¡Suéltame, vieja!—exclamó Rafael, limpiándose la cara.

—Eso es, frótate, bobo... Y me has llenado de babas.

—¿Y Pecado?