—Ponte atrás, ¡coles!—gritó el Majito—. ¡Qué coles! Si no te pones atrás, verás...
—Que no me da la gana, hombre...
—Achúchale, achúchale—dijeron algunos que querían ver reñir al Majito con el hijo del carbonero.
—No vus perdáis, muchachos—volvió a decir el otro, sin soltar de la boca sucia el caramelo largo.
—¡Que le achuche, que le achuche!»—graznaron varios, arremolinándose.
El Majito y Colilla, que así se llamaba el del carbonero, se sacudieron el primer golpe en los hombros.
«¡Leña!
—¡Atiza!».
A los primeros golpes cayó a tierra el ros. Más pronto que la vista lo cogió Gaspar (el de las patas corvas), se lo puso, y echó a correr hacia abajo, en dirección a las Yeserías. Allí le detuvieron dos muchachos que subían del río; le quitaron la codiciada prenda, y uno de ellos se la puso. Mirose en un charco verdoso, y estalló en risa. En tanto la refriega había cesado, y el Majito, con la cara soplada, los ojos encendidos, el corazón hirviendo de rabia, se había subido a una colina de las inmediatas al barranco, y desde allí gritaba que iba a matar a uno y a reventar a seis si no le devolvían su sombrero.
Los que subían del río eran como de doce años, descalzos, negros, vestidos de harapos. El uno traía una espuerta de arena. Los dos mostraban grandes manojos de una hierba que se cría en aquellas praderas. Es una liliácea, que algunos llaman matacandil y otros jacinto silvestre o cebolla de lagarto. Tiene un tallo o tuetanillo que se chupa, ¡y es dulce!