—Terrible es el matador hombre; pero el matador niño, ¿qué nombre merece?... Dicen que este tiene trece años.

—¡Qué país!

—¡Pero qué país!

—En Málaga son frecuentes estos casos.

—Y en Madrid lo van siendo también.

—¡Y nos ocupamos de escuelas! ¡Presidios es lo que hace falta!

—Escuelas penitenciarias, o cárceles escolares... Es mi tema».

Cuando llegaron al sitio de la catástrofe, los dos señores, dignísimos representantes de lo más meritorio y venerable que hay en los pueblos modernos, se echaron recíprocamente el uno sobre el otro estas dramáticas exclamaciones:

«¡Esto es espantoso!

—Esto parte el corazón