«Ahora, ya que tenemos la canilla bien repleta de hilo la metemos en la lanzadera. Ajajá. Fíjate bien en la maña con que hay que ponerla. Pif, ya está. Ahora viene lo más delicado. De esto depende el coser bien o el coser mal. Atiende, hija; pon aquí tus cinco sentidos. Hay que pasar la punta del hilo por estos agujeritos, ¿ves?

—Será preciso que yo le escriba. ¿No me recomendó mi tío a él y a su padre?... Pues le escribiré. Así no puedo vivir. ¡Qué triste es el verano en esta tierra! Toda la gente elegante se va, y yo me quedo sola, sin amigos, sin amparo...

—Cojo la punta del hilo, sacándola por la izquierda de la canilla, la meto con mucho cuidado por el primer agujero, pif, ya está. Mira... Ahora mi señor hilo tiene que meterse por el segundo agujero, pif. Muy bien, y después allá va por el tercero. En seguida..., que no se te olvide esta particularidad..., el hilo pasa por debajo de la uncella, y ya está. Ahora pongo mi canillita en su puesto, enganchó el hilo de abajo con el de arriba, para lo cual hasta dar una vuelta, y... adelante con los faroles. Niñas, tela.

—Hace cerca de veinte días que no viene a verme. ¿Se habrá ido a veranear sin despedirse de mí?... ¿Creerá que soy una impostora?... Esta idea me mata.

—Ahora, bajo mi pisatela, acorto el punto, dándole una vuelta al tornillo..., atiende bien..., y después de aflojar un poco el hilo superior, empiezo. Anda, maquinita, que a casa vas...

—¡Qué idea me ocurre! Iré a su casa... No, eso no debe ser... Le escribiré con cualquier pretexto... Quizás no sea preciso... El corazón me dice que vendrá mañana... ¡Oh! Dios de mi vida, si viniera...».

—II—

Doña Laura dio varias cabezadas, y entre dormida y despierta, exclamó con ira: «Siempre mirándote al espejo».

«Mujer—dijo, riendo D. José sin dejar su obra—. Si no me miro al espejo, si estoy cosiendo...».

Las niñas sonreían. Algo azarada D.ª Laura despertaba del todo, y decía: «No, no estaba dormida. Yo sé lo que me digo».