«¡Pobre hija mía! ¡Pobre pecadora!».
Y diciendo esto, levantose de la caja del piano próximo un murmullo vivo, que pronto fue un lamento, expresión de iracundas pasiones. Era la elegía de los dolores humanos, que a veces, por misterioso capricho de estilo, usa el lenguaje del sarcasmo. Luego las expresiones festivas se trocaban en los acentos más patéticos que pudiera echar de sí la voz misma de la desesperación. Una sola idea, tan sencilla como desgarradora, aparecía entre el vértigo de mil ideas secundarias, y se perdía luego en la más caprichosa variedad de diseños que puede concebir la fantasía, para reaparecer al instante transformada. Si en el tono menor estaba aquella idea vestida de tinieblas, ahora en el mayor se presentaba bañada en luz resplandeciente. El día sucedía a la noche y la claridad a las sombras en aquella expresión del sentimiento por el órgano musical, tanto más intenso cuanto más vago.
De modulación en modulación, la idea única se iba desfigurando sin dejar de ser la misma, a semejanza de un histrión que cambia de vestido. Su cuerpo subsistía, su aspecto variaba. A veces llevaba en sus sones el matiz duro de la constancia; a veces, en sus trémolos la vacilación y la duda. Ora se presentaba profunda en las octavas graves, como el sentimiento perseguido que se refugia en la conciencia; ora formidable y guerrera en las altas octavas dobles, proclamándose vencedora y rebelde. Sentíase después acosada por bravío tumulto de arpegios, escalas cromáticas e imitaciones, y se la oía descender a pasos de gigante, huir, descoyuntarse y hacerse pedazos... Creyérase que todo iba a concluir; pero un soplo de reacción atravesaba la escala entera del piano; los fragmentos dispersos se juntaban, se reconocían, como se reconocían, como se reconocerán y juntarán los huesos de un mismo esqueleto en el juicio final, y la idea se presentaba de nuevo triunfante como cosa resucitada y redimida. Sin duda alguna una voz de otro mundo clamaba entre el armonioso bullicio del clave: «Yo fui pasión, duda, lucha, pecado, deshonra, pero fui también arrepentimiento, expiación, redención, luz y Paraíso».
—II—
La marquesa, que no había dejado de mirar el rostro de su hija hasta que las lágrimas echaron un velo sobre sus ojos, volvió a rezar, y mientras pronunciaba una oración especialmente consagrada a las ánimas, pensaba así:
«Dios te habrá perdonado, pobre alma querida, como te perdoné yo».
Y empezó a traer a la memoria recuerdos mil, algunos tristes como reflejo del cariño herido, otros punzantes y terribles como la imagen del honor vulnerado. Recordó que si las faltas de la hija habían sido de estas que en los términos sociales no tienen excusa, la severidad de la madre había sido implacable. Con estas lastimosas memorias, la marquesa sintió algo que podría llamarse el remordimiento del deber. ¿Había sido cruel con su hija? El descubrimiento de liviandades que pronto se hicieron públicas, puso a la señora a punto de morir de indignación y vergüenza. ¡Qué bien recordaba esto, y cómo se renovaban su iras con las memorias, enardeciéndole la sangre! Ella entonces encerró a su hija, con todo el rigor que la palabra indica. Habíala recluido en aquella habitación, de donde no salía nunca, ni tenía comunicación alguna con el exterior. Vivió como emparedada seis meses. ¿De que murió? No se sabía bien. Murió de encierro, y fue víctima de la inquisición del honor.
¡Oh rigor extremo! La marquesa era una mujer de otras edades. Estaba forjada en el yunque Calderoniano con el martillo de la dignidad social, por las manos duras de la religión. No cabían en ella las viles condescendencias que son el fruto amargo de una de las maneras de la civilización. Mientras su hija estuvo prisionera, se le permitía engalanarse, pero no salir del cuarto. La marquesa no hablaba con ella más que lo preciso, sin usar jamás frase cariñosa ni vocablo atento. La buena señora recordaba, como se recuerda la impresión de una quemadura, estas palabras de fuego dichas por su hija el día antes de caer enferma: «Mamá, mátame con cuchillo; no me mates con tus miradas».
De súbito la enfermedad, incubada perezosamente, estalló, desarrollándose con rapidez en seis días. Desde el primero anunciose un fin desgraciado. Todo el rigor de la madre cedió al instante, como el hielo que se funde. ¡Qué bien recordaba, al cabo de nueve años, la expresión de la cara del médico, las medicinas, los antojillos de la enferma, nacidos de terribles aberraciones nerviosas! Ya pedía flores, ya helados que no había de tomar. De pronto pedía todos los libretos de ópera que se pudieran adquirir. Otra vez hizo llevar a su casa gran parte del almacén de música de Romero. «Pájaros, pájaros...». Le llevaron media plaza de Santa Ana. «¡Oh! ¡Tengo que contestar tantas cartas...!» Y se ponía a escribir. De estos deseos locos, ansiosos, que eran como los tirones que daba la muerte para arrancarla más pronto de raíz, se alimentaba su fiebre galopante.
«Moriste como una pobre mártir—pensó la marquesa, rezando otra vez—. Moriste reconciliada con Dios, recitando oraciones y besando la santa imagen de Nuestro Redentor».