—¡Pobre viejo!... Si le escribo todas las semanas... ¿Y cómo está Rafaela?¿Qué tal va con las píldoras?
—Pues no va mal. Hoy, como está el día tan bueno, le dije: «Anda, mujer, anda a que te dé un poco el aire». Y con efecto, ha salido. Ya sabes que un hermano suyo ha venido a establecerse en Madrid. Hará dinero, porque estos catalanes saben ganarlo. ¿No le has oído nombrar? Juan Bou, litógrafo. Está viudo; necesita quien le ayude a arreglar su casa..., y con efecto, Rafaela ha ido allá... Es calle de Juanelo. Yo debía haber ido también, y con efecto...
—Con efecto—dijo Miquis repitiendo el estribillo de su amigo—, veníamos... Ya me parece que hablé a usted de ello la semana pasada. Estos dos amigos, esta señorita y este caballero, desean ver el palacio de Aransis. Cuentan que es tan hermoso...».
Alonso era complaciente. Entró en su vivienda, sacó un manojo de llaves, y señalando la escalera, dijo con formas respetuosas:
«Pasen los señores. Verán lo que hay».
Miquis, presentando a los que le acompañaban, no pudo reprimir sus instintos de malignidad zumbona, y habló así con afectada finura:
«El Sr. D. José de Relimpio y Sastre, ¡consejero de Estado!».
Don José se inclinó turbado, sin atreverse a contestar.
«Y su sobrina, la señorita de Rufete, que acaba de llegar de París...».
Isidora miró a Miquis con tan indignados ojos, que el estudiante no se atrevió a seguir. El conserje echó una mirada a la poco flamante levita de D. José y al traje sencillamente decoroso de Isidora, sin hallarse completa armonía entre el vestido y las personas. O quizás, hecho a las burlas de Miquis, no quiso llevar adelante sus investigaciones. Subieron.