El efecto fue inmenso. Atónita y embobada estaba la de Rufete, paseando su alma con las miradas por el interior de la hermosa cajita, y si bien la cantidad no era fabulosa ni mucho menos, por ser todos los billetes pequeños, la pobre joven, que tanto se dejaba llevar de la hipérbole, creía ver pasar por entre los dedos de Joaquinito Pez toda la corriente del dorado Pactolo.
«Usted dirá—repitió él, hojeando los cuadernillos de billetes como si fueran libritos de papel de fumar—. Mi parecer es que usted, por quien es y por la posición que ocupará, no debe seguir viviendo en aquella casa. Usted debe tomar una casa para sí y su hermano, ponerse en otro pie de vida, no escatimar ciertas comodidades, en fin... ¿Quiere usted que yo me encargue de buscarle casa, de proporcionarle muebles, modista...?».
Joaquín la miró. ¡Qué guapa era! Isidora le oía como si oyera una descripción del Paraíso a quien realmente ha estado en él. Luego, cuando Joaquín la miró tan de cerca que ella podía contarle los pelos de la barba rubia y los radios dorados de las pupilas obscuras, creyó ver al mismo ángel de la puerta del Paraíso mostrando las llaves de él... Por un instante Isidora no hizo más que saltar la mirada de la cajita al rostro, y del rostro a la cajita. La profunda admiración que por el joven sentía se acrecentaba hasta parecer cariño entrañable. ¡Era tan seductor su modo de mirar!... ¡Tenía un no sé qué tan distinto de todos los demás hombres!... Así lo pensó Isidora, sintiendo herida y traspasada toda aquella parte de su corazón que dejaba libre el orgullo.
«Usted dirá»—volvió a indicar Joaquín, dejando a un lado la cajita y tomando las manos de Isidora.
Esta se puso a temblar, tuvo miedo, porque Joaquín se le hizo más guapo, más seductor, más caballero, revistiéndose de todas las perfecciones imaginables.
«¿Me porto mal—dijo él con voz blanda—; me porto mal en pago de la ofensa que usted me hizo despidiéndome y diciéndome que no podía quererme?».
Isidora fluctuaba entre el reír y el temer. Se reía y estaba pálida. Después sintió frío.
«Yo bien sé lo que pasará cuando usted llegue al fin de su camino—prosiguió él—. En vez de quererme entonces como ha prometido, me despreciará... ¡Será usted entonces tan superior a mí!...».
La perfidia en estas palabras era tanta, que no cabía debajo de todos los pliegues del disimulo.
Isidora, además de reír, además de temer, además de tener frío, se sentía como mecida en un vagoroso y aéreo columpio. La cara hermosísima del joven Pez pasaba ante sus ojos con oscilación de resplandores celestes que van y vienen. ¿Cómo no, si de pronto empezó a oír retahíla de palabras ardientes, que jamás oyera ella sino en sueños? Joaquín la tuteaba, Joaquín se extralimitaba de palabra. Rápidamente conoció Isidora la proximidad de su mal, y tuvo una de esas inspiraciones de dignidad y honor que son propias en las naturalezas no gastadas. Su debilidad tuvo por defensor y escudo al sentimiento que, por otra parte, era causa de todos sus males: el orgullo. Se salvó por su defecto, así como otros se salvan por su mérito. No es fácil definir lo que rápidamente pensó, las cosas que trajo a la memoria, las sacudidas que dio a su dignidad de Aransis para que se despertase y saliese a defenderla. Ello es que saltó del asiento con tal rapidez, que no pudo Joaquín detenerla, y con velocidad de pájaro se puso en la puerta. El violento palpitar de su seno, cortándole la respiración, apenas le permitió decir: