Pasados unos minutos de meditación, habló con el médico. La invasión de la difteritis traqueal era tan violenta, que no había esperanzas de vida. La niña, según Moreno Rubio, no vería la luz del día siguiente. No había señales de que el tártaro determinase la acción sudorífica y detersiva; que si las hubiera, podría esperarse algo. Atento á cumplir con su deber, Moreno Rubio dispuso aplicar la disolución cáustica sobre la mucosa enferma. Un rato después se vió que el resultado era nulo.
«¿No hay otra cosa?—dijo León, que parecía un muerto.
—El mercurio en fricciones.»
Allí no se descansaba un segundo. El médico inventaba, León disponía con febril actividad, y todos, el aya, las doncellas, los criados, ejecutaban con presteza. Vuelta en sí del accidente que la privara de sentido, Pepa acudió al lado de su hija. No podía estar dignamente en otra parte, sino allí, junto al gran peligro, vigilando las últimas palpitaciones de aquella vida preciosa, y previniendo la sed, el desabrigo, la convulsión, y prodigando cuidados, cariños, agua, besos, auscultaciones, miradas. Se conocía en su semblante el heróico esfuerzo que necesitaba desarrollar para que su dolor de madre no entorpeciera su acción de enfermera. Atenta, cuidadosa, sin distraerse un momento, sin ocuparse de sí misma ni de cosa alguna, toda su alma estaba en el bracito que se descubría, en el golpe de tos, en el sofoco laríngeo, en el grito desgarrador, indefinible, más trágico que todos los gritos trágicos del mundo antiguo y moderno, que á veces se aguzaba como chirrido de metales rozándose sin aceite, á veces se apagaba como un murmullo de tenues notas, como una música, como un lenguaje, como un soliloquio en sueños.
Transcurrieron horas, ¡qué horas! El día pasó como pasa un instante. Llegó la noche. Nadie tenía allí noción del tiempo. Hubo un momento en que no se oía sino un sollozar apretado y suspiros contenidos. Los corazones mujían estrujados bajo una prensa horrible. La angustia habitaba el palacio llenándolo todo. Llenábalo también el olor de la cera ardiendo delante de los santos y de la Virgen. La nena de la casa se moría. Ya ni siquiera se llevaba las manos á la garganta para arrancarse aquello. Iba quedando fatigada, inerte, vencida en la desesperante lucha; su cabeza hacía un triste hoyo en la almohada, cual si fuese una piedra de enorme peso, y sus manecitas no empuñaban la sábana para hacerla trizas. ¡Si al menos el infame verdugo la dejara morir tranquila...! Pero no: aún aflojó la soga para concederle un instante de alivio. En su estado comático, Monina murmuró: «Más.
—Sueña que le estás dibujando muñecos,»—dijo Pepa, que oprimiendo el pañuelo contra su boca como quien se aplica una mordaza, dejaba sus lágrimas correr á chorros por entre los dedos.
Monina llamó á Tachana, una niña con quien jugaba diariamente. Después nombró á Guru, hijo, como Tachana, del administrador de Suertebella.
Vino un nuevo ataque diftérico, que parecía ser el último por su violencia. Pepa lanzó un grito desgarrador.
«¡Se muere, se muere!»
Y se arrojó sobre el cuerpo de la niña, rodeándolo con sus brazos. Presa de un delirio insensato, la madre se llevó las manos á su propia garganta y se apretó como si quisiera estrangularse. Era el movimiento natural, primario, instintivo de la abnegación, queriendo apropiarse el mal del sér amado. Quisieron retirarla de allí; pero no fué posible arrancarla de la cabecera del lecho.