Miró á la niña, y acercándose despacio la besó en la frente con mucho cuidado para no turbar su tranquilo sueño. Cuando se volvió hacia el amigo, éste pudo observar una extraña iluminación en los ojos de Pepa.

«Estás muy excitada—le dijo.—Debes acostarte y dormir un poco. ¡Pobre madre! Has padecido mucho desde anteanoche.

—Mucho—repitió Pepa.—He padecido mucho; pero no ha sido sólo ahora, sino antes, antes... Estoy familiarizada con el padecer.

—Cálmate... tienes calentura.

—Pues como te decía—indicó la dama pasando bruscamente de una indecisión sombría á una claridad sonriente,—no olvidaré jamás aquellas palabras... «Señor, que no se muera Monina. Es lo que más amo en el mundo.» ¡Lo que más amas en el mundo!»

León bajó los ojos.

«Yo agradezco mucho que quieras á mi hija de ese modo—dijo Pepa pronta á llorar.—Al fin no soy yo sola quien la quiere... Eres un buen amigo, amigo mío desde la infancia... Siempre te he apreciado, y ahora más que nunca... En fin, al ver el interés que has tomado por mi niña, interés verdadero, profundo; al ver esto, siento un deseo irresistible de romper un silencio que me ahoga, de quebrantar un secreto que no cabe en mí, y decirte que...»

Dejó caer desplomada su cabeza sobre el hombro de León, y lo regó con abundantes lágrimas. El no decía nada. Sentía el peso de aquella cabeza y el calor de aquel aliento y la humedad de aquellas lágrimas, y callaba torvo y reconcentrado en sí mismo. Parecía que la dama lloraba sobre una piedra.

Un sentimiento de dignidad ó de pudor estalló súbito en el alma de Pepa. Incorporándose ruborizada, lanzó una exclamación que parecía significar: «¿Qué estoy haciendo?... ¡Esto es un escándalo!»

«Pepa—dijo León estrechándole cariñosamente una mano.—Tu niña se ha salvado. Yo me retiro.»