El Marqués decía á cada rato:

«Señores, que es tarde; que tenemos que madrugar. Bueno es divertirse un poco pero no exageremos...»


VI
Pepa.

León Roch no quiso ver más, y salió del salón y del establecimiento. La noche tibia y calmosa convidábale á pasear por la alameda, donde no había alma viviente ni se oía otro ruido que el canto de los sapos. Después de dar cuatro vueltas, creyó distinguir una persona en la más próxima de las ventanas bajas. Era una forma blanca, mujer sin duda, que apoyando su brazo derecho en el alféizar, mostraba el busto. León se acercó, y viendo que la forma no se movía, se acercó más. Habría ésta parecido una estatua de mármol, á no ser por el pelo obscuro y el movimiento de la mano que jugaba con las ramas de una planta cercana.

«Pepa,—dijo él.

—Sí, soy yo... Aquí me tienes hecha una romántica, mirando á las estrellas... Es verdad que no se ve ninguna; pero lo mismo da.

—Está muy negra la noche; no te había conocido—dijo León poniendo sus dedos en el antepecho de hierro.—La humedad puede hacerte daño. ¿Por qué no cierras? No esperes á tu padre. Ese ladrón de Cimarra ha puesto banca. Allí están entretenidos... Retírate.

—Hace calor en el cuarto.»