León aguardó un poco, por no dejar interrumpido el párrafo, y después oyó á su mujer.
«Voy á manifestarte mi idea—añadió ella.—Yo, mujer débil, inferior á tí en muchas cosas, y principalmente en saber y experiencia, lograré un triunfo que jamás alcanzará tu orgullosa superioridad.»
León le tomó su mano y se la besó tres veces, diciéndole:
«Yo no soy superior á nadie, y menos á tí.
—Sí lo eres: esto aumenta mi gozo y me empeña más en mi empresa... Tú, con tu juicio, que crees tan fuerte, aspiras á cambiar mi carácter. Yo, con mi amor, que es más grande que todos los juicios, aspiro á conquistar el juicio tuyo, haciéndote á mi imagen y semejanza. ¡Qué batalla y qué victoria tan grande!
—¿Cómo lograrás eso?—dijo León rodeando con el brazo la cintura de su mujer.
—No sé si intentarlo poco á poco... ¡ó así!»
Al decir así, María arrebató violentamente el libro de las manos de su esposo y lo arrojó á la chimenea, que ardía con viva llama.
«¡María!» gritó León aturdido y desconcertado, alargando la mano para salvar al pobre hereje.
Ella le estrechó en sus brazos impidiéndole todo movimiento; le besó en la frente, y después volvió al reclinatorio, donde se puso á rezar de nuevo.