León abrió una gaveta. Sonreía no sabemos por qué; pero consta que de todos los individuos de su familia política, aquél era, por lo inofensivo, el que le inspiraba más lástima, siendo esto tal vez la causa de que á veces le abriese su bolsa con paciencia y hasta con gusto, por no contrariar á un sér excesivamente miserable y desvalido. O quizás plagiaba León el sistema benéfico del vicario de Wakefield, que siempre que quería sacudirse á algún pariente importuno, le prestaba dinero, ropa, ó un caballo de poco valor, «y jamás, dice, se dió el caso de que volviera á mi casa para devolvérmelo.»

«Gracias, querido beau frère—dijo el mancebo, no ocultando la alegría que en la raza humana acompaña siempre á la adquisición de dinero.—Te lo devolveré el mes que entra con lo demás... No de una vez; te advierto que no podré dártelo junto... á plazos sí... ¡Es horrible! Si hubiera tres Semanas Santas en el año, todos los españoles tendríamos que pedir limosna... ¡Casca, casca!... ¡Vaya con los petitorios! La otra noche las de Rosafría me comprometieron á dar mil reales para el Papa... Ya ves... Si el mundo estuviera arreglado, el Papa debía darnos á nosotros... ¡Eh! ¡So tunante! ¡Lady Bull!... ¡Eh, venga usted aquí!»

Estas palabras iban dirigidas á una alimaña rastrera y obscura que había entrado en el despacho con el joven; pero que hasta entonces se había mantenido en una actitud de circunspección respetuosa. Era una perrita de la horrible raza King Charles, que tenía el color de ratón, la redondez del puerco-espín, un hocico de mono entre abigarradas lanas, y una panza de sapo mal sostenida por cuatro patas pequeñas. Al fin de la conversación, su cascabelillo, hasta entonces mudo, empezó á sonar, indicando grandes travesuras, y Polito la descubrió entre unos libros arrinconados en el suelo.

«¡Venga usted aquí, aquí pronto!»

La tomó en brazos. Entonces se sintió ruido de coches y el acompasado pisoteo de uno de estos caballos españoles que parecen corceles de estatua ecuestre, trotando eternamente sin salir de su pedestal.

«¡Ah! Ya están aquí—dijo Leopoldo.—Higadillos á caballo y el Conde-Duque en su break... Les dije que pasaran por aquí á recogerme. Vamos á ver el apartado... Allá voy.»

Desde su asiento vió León el coche detenido junto á la reja, y el torero á caballo, un grosero mocetón de piernas ceñidas y cintura fajada, de cuerpo culebreante no falto de belleza escultórica, rematado por zafia cabeza española de color de tabaco y el sombrero ancho. El caballo piafaba, y el Conde-Duque contenía los de su break, fogosos animales mestizos de sangre bearnesa y andaluza.

Poco tardó Polito en subir al coche con Lady Bull, y la festiva comparsa se puso en marcha calle abajo, presidida por Higadillos y alegrada por los cascabeles del tiro á la calesera. León miró con curiosidad aquel fragmento pequeño, pero expresivo, de la iconografía contemporánea de España.